LA PASARELA

Yo fui a pescar por primera vez en mi vida, a la temprana edad de seis años. En el año 1969 pasaba parte del verano en un pueblecito del alto Urgell. El carro con ruedas de goma y tirado por una vieja mula, llevaba a cuatro niños a un riachuelo cerca del pueblo. Un hombre viejo, vistiendo armilla oscura, reloj de cadena y boína, de aspecto serio y sereno, de una gran humanidad y paciencia dirigía la pequeña excursión.

Arre Coronela!!! Decía a la mula…

Era Julio y hacia el calor de las once de la mañana, ni poco ni mucho, el que anuncia un día largo de sol de verano. Ibamos sentados en el tablón de madera a modo de asiento que llevaba puesto entre las barandillas de madera del carro. Era un paseo de ida agradable. El animal no tenía prisa alguna y arrastraba el carro con total indolencia, en un trayecto cercano de quilómetro y pico, el carro oscilaba constantemente, a cada paso, entre las barras de este y los arreos de la mula. La carretera de asfalto en una larguísima recta daba una languidez monótona entre el sopor de la canícula… sobre todo a la vuelta. Por la mañana había mirlos y ruiseñores en los bardos, que animaban el viaje entre los campos de grano segados, pero al regreso solo el canto molesto casi mecánico de las cigarras hacia todavía más soporífero el viaje de vuelta al pueblo. El río era pequeño, limpísimo, de una claridad acuática sublime. Tenía una pequeña pasarela pintada de blanco y elevada a modo de puentecito para cruzarlo en época de avenidas delante del huerto del anciano y es por este motivo que le pusimos el nombre de “la passarel.la”. Por encima del humilde puentecito de hormigón había una pequeña poza repleta de barbos colirojos y madrillas y por debajo de la pasarela, un pequeño salto de agua que daba lugar a unas fuentecillas a modo de chorros donde los pequeños peces se apostaban al fresco de la corriente.

Coronela!!!, Tras, tras!!!,

le decía Josep “el mundo”, mientras hacía retroceder a la terca mula con todos los arreos y el carro para aparcarlo en uno de los extremos del campo de pipirigallo. Al final, un “Só” largo y cansado ponía final a la operación de aparcamiento del carro de madera. Después le quitaba los arreos de cuero al animal y le ponía un saco de tela basta colgado detrás de las orejas por una cinta para que la mula comiera a la sombra de los almendros.

 

La passarel.la hoy
La pasarela hoy

No llevábamos caña alguna. Cuando llegamos al río, l’onclu, cortó unas cañas americanas, les ató un trozo de nylon y les puso un anzuelo y un trozo de plomo enrollado. Con esto y la ayuda de unos gusanos de tierra del huerto, pasamos todo el verano pescando peces que luego nos cenábamos en su casa. Este hombre entrado en la vejez, solo había comprado una caña en su vida, una Grau Vell de mango amarillo y un carrete «Mitchell» modelo 324, con el que pescaba a cucharilla de vez en cuando las salvajes truchas del Segre. Durante años pesqué con él, y fue él precisamente quien me dejó el primer libro de pesca de truchas de Joaquin Agut, libro interesantísimo y muy ameno del que aprendí lo hermoso que es leer de cualquier tema que se aprecie.

Los peces fritos en la humildísima casa de l’oncle con el acompañamiento de las achicorias a modo de ensalada constituían nuestra cena ,tres veces por semana. –“Són dolços i fins els cuarrois, oi?”-. Los barbitos bien fritos con un poco de harina fina pasaban por la boca de maravilla y los comíamos con cabeza y espina incluidas. De acompañamiento un poco de vino tinto de garrafa, que en aquella época se consideraba de lo más sano, dar un poco de vino a los niños por ser una bebida de lo más saludable y digestiva. La casa del anciano era de una humildad encantadora. En el comedor había una vieja estantería con una vitrina de cristal fino y ordinario donde su mujer guardaba algunos platos y tacitas de porcelana que eran los que quedaban de una antigua vajilla usada y a modo de decoración. El ambiente de la casa y el olor que desprendía no lo olvidaré mientras viva; era lúgubre, triste, con olor a viejo, tabaco de picadura y a leche cocida, de la que se alimentaba casi en exclusiva su bondadosa y anciana esposa, Constancia.

 

La casa sigue igual que hace 45 años.
La casa sigue igual que hace 45 años.

 

Desde el balconcito del comedor se contemplaban las aguas verde botella del pantano de Oliana y al fondo, la desvencijada y agreste, Serra de Turp, una de las primeras estribaciones de la Serra del Cadí. La pequeña puerta de madera pintada de rojo teja de la entrada de la casa, siempre tenía las llaves puestas. Nunca comprendí porque estaban tan gastadas si nunca se utilizaban para cerrar la casa. El dormitorio al lado del comedor era de una sencillez inmaculada. Un camastro de muelles con colchón de lana y una única mesita de noche con armarito, sin ninguna lamparita ni atuendo.

Después de la cena jugábamos a la brisca y al dominó hasta las tantas, que eran las once y pico, horario en que nos íbamos a dormir, cada uno a nuestra casa del pueblo. Eran unos veranos de una dulzura y una placidez deliciosa. En las partidas nos contaba que antes y después de la guerra, iban a cazar en los lejanos bosques de las faldas del Cadí. Yo que ya tenía el instinto naturalista y cazador de paisajes grandiosos, me imaginaba aquellas partidas de caza que duraban semanas y se dormía en el bosque, después de cazar todo el día, liebres, conejos, pardillas y algún rebeco al que los perros de caza pusieran al alcance de las escopetas de dos cañones. Cuando volvían al pueblo, se repartían las piezas de caza a partes iguales, aunque no me contó nunca el modo en que la conservaban durante tantos días. Mi imaginación volaba y pensaba en aquellos safaris montañeses con hombres de pueblo, ataviados de improvisados atuendos de lana y cuero con zapatillas de esparto, armados con escopetas de perrillos y mochas con cartuchos de pólvora negra, trepando con los perros en las agrestes laderas del Cadí.

Una vez me contó cómo había cazado una gran águila real, que en aquellos tiempos era considerado como un ave dañina para la caza. Cazando el rebeco en uno de los rocosos canchales del Cadí, apareció planeando la gran águila a la que disparó con un cartucho de balines para el isard rompiéndole un ala. Al acercarse al animal, este le embestía con las garras y tuvo que apartar a los perros para que no los desgraciara. A “Mundo”, se le ocurrió ofrecerle una rama de pino “rojalet” para que las garras del gran pájaro se ciñeran fuertemente a esta y de este modo llevarlo al campamento de caza y más tarde al pueblo. Me explicó que con las plumas del águila se construyeron unos plumines para tinta finísimos y en buena cantidad.

Fue años más tarde, cerca del final de su vida cuando me contó que durante la guerra y posguerra había estado muchos años en la cárcel condenado a muerte y esperando a ser ejecutado. Y fue entonces cuando me enseñó los cuadernos… Eran unos cuadernos delgados de cuadrícula, de cubiertas amarillas de un papel más grueso que las páginas, como los que usaban los escolares de los años 30. Dentro de estos estaban resueltos todos y cada uno de los problemas de álgebra, aritmética, geometría y cálculo contenidos en la vasta Espasa Calpe. Estaban escritos a plumín con una presentación impecable, sin una sola mancha de tinta y con todas las figuras geométricas dibujadas de modo preciso y estupendamente reflejados. Aquel hombre vivió toda su vida aprovechando cada segundo de su tiempo y transmitiendo a los demás la esencia y el sentido de esta, sabiduría, bondad y trabajo, sin necesidad de tener más que lo indispensable. Nunca alzaba la voz, tenía un gran sentido del humor, muy fino y educado y nunca le vi de mal humor. Puedo asegurar que esta persona vivió feliz y tranquilamente hasta la anciana edad de 93 años. Pescó durante toda su vida.

~  Carles V.

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