RÉQUIEM (segunda parte)

Moradores de las aguas

Cada río tiene su historia particular. No importa la cantidad de agua que lleven, grandes o pequeños, lentos y silenciosos, rápidos y bulliciosos, son frecuentados continuamente por animales diversos y también asiduamente visitados por multitud de pescadores.

El río no pertenece a nadie, sólo a él mismo, los peces pertenecen al río, y los pescadores nos pertenecemos a nosotros mismos.

Una de las cosas grandiosas de la pesca en España, es que cualquiera puede practicarla y hasta ahora ha estado al alcance de todos. Es uno de los detalles que más me han fascinado. En todo los lugares que he visitado he conocido a mucha gente, algunos personas entrañables, sus recuerdos siempre me acompañan. La pesca no sería lo mismo sin ellos/as. Algunos con los que iba a pescar, ya no están, pero a veces les recuerdo entre las sombras del río, o sentados en un tronco, mirándome sonrientes y bondadosos. Se aprende mucho de todo el mundo, cada persona es especial y cada pescador lleva un río en su interior. De algunos se aprende el manejo de la caña y demás aparejos, de otros las costumbres de los peces y los misterios de la naturaleza, de otros su entrañable e inestimable amistad y compañia.

Durante años, en mis salidas de pesca me he cruzado con todo tipo de animales silvestres. Los que más recuerdo son los mirlos acuáticos que parecen seguirte, mientras te miran curiosamente con sus ojos de terciopelo oscuro. También he visto nutrias o llúdrigues, según la región, corzos, rebecos, garduños y hasta un gamo en los tramos altos del Noguera.

El gamo apareció de repente entre montones de fustales descortezados de pino silvestre, apilados en el margen de la carretera. El magnífico animal, de gran porte y extraodinarias defensas, bajó el enorme talud, con una rapidez y una prestancia admirables, saltó al agua y cruzó la profunda y caudalosa corriente de Mayo, sin que esta logrará arrastrarle rio abajo. Luego enfiló el empinado prado, soberbio, saltando a cuatro patas a la vez como solo saltan característicamente los gamos y se perdió en la espesura del bosque.

Los paisajes olvidados

Desde muy joven siempre me pareció que la pesca de la trucha por desenvolverse en paisajes grandiosos, salvajes y puros, era algo maravilloso y fantástico; un espectáculo de tal magnitud que era imposible describirlo con palabras y que la cámara fotográfica tampoco podría encerrar tantas emociones de un medio tan esplendido.

Siempre tuve la impresión que todo aquello no iba a durar, y así fue.

En pocos años, mis amados ríos fueron enfermando. Cada temporada que transcurria tenían peor aspecto y finalmente la mayoría de ellos acabaron muriendo. Todo aquel extraodinario mundo de aguas puras, de márgenes pobladas, de espontaneidad y pulcritud ha desaparecido y se ha convertido en la cruda realidad que todos conocemos. Ahora el gobierno autonómico propone una nueva ley de pesca.

El hombre, la peor plaga de la historia, intenta poner freno con leyes cuando ya es demasiado tarde. Mis adorables paisajes fluviales no van a resurgir con una nueva ley de pesca. Ya es tarde para ellos o al menos para que mis ojos lo vean. Apenas llueve y en verano un calor asfixiante lo reseca todo. El cambio climático es una realidad.

Hemos abusado de la generosidad de la naturaleza y hemos agotado muchos de sus recursos que la permitían regenerarse por sí sola. Algunas inigualables criaturas ya no están con nosotros. El oso pardo pirenaico, el bucardo y la foca monje han desaparecido. Otros tienen sus días contados como el lince mediterráneo, el gato montés y el urogallo pirenaico.

Hemos destrozado sus hogares construyendo pistas para esquiadores, casas adosadas y complejos turísticos para nuestro efímero disfrute. Hemos ensuciado todos aquellos paisajes inigualables con toda clase de detritus y porquerias. Hemos derribado montañas para construir nuevas carreteras y autovias. Hemos acabado con el agua construyendo plantas embotelladoras y minicentrales y la hemos ensuciado con toda clase de desperdicios. Hemos oradado en las entrañas del lecho del río, donde hace miles de años en la era terciaria, la naturaleza le dió forma y sentido. Hemos acabado con el aire puro contaminándolo con toda clase de partículas nocivas para la atmosfera terrestre.

Estropeamos una naturaleza que tardó miles y miles de años en transformarse en el mundo más bello y animado que jamás hayamos podido soñar. Tal vez con el paso del tiempo aprendamos a respetar y a cuidar unos paisajes que están por encima de nuestros propios intereses egoístas y superfluos, y solo con el tiempo aprenderemos a vivir armónicamente en estos paisajes que ahora parecen olvidados.

~  Carles V.

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